El carnicero del Cartier
Tengo una fijación con los relojes. Aunque no uso más que el que registra mi actividad física, siempre he pensado que representan mucho…
Tengo una fijación con los relojes. Aunque no uso más que el que registra mi actividad física, siempre he pensado que representan mucho más que el tiempo.
En mi último viaje a Paraguay conocí a un tipo discreto, muy atento y de vivaces ojos. Me lo presentó la delegación ecuatoriana, saludamos y observé su reloj Citizen de correa café. Empezamos a recorrer la feria empresarial y, para romper el hielo, disparé.
— ¿Es tu reloj favorito?
— No lo sé, levantando los hombros, viéndome a los ojos.
— ¿Relojes, correas o zapatos?, segundo intento.
La idea, que me de espacio para llevarlo a conversar sobre el cuero, pero entró en la ironía y disparó,
— ¿Cómo te sientes útil?
— Contando historias, respondí.
En adelante, la conversación se convirtió en un ping pong de irónicas e irreverentes preguntas y respuestas.
— ¿Estás listo para morir? Sí, soy carnicero.
— ¿Comes de todo? No como vísceras y me escondo de la remolacha.
— ¿Con cuál de tus nueve hijos te quedarías? Con la menor.
— ¿La historia empieza (…)? Estábamos en un bar.
— ¿Qué vendes? Valor.
Esto se fue complicando y un café y dos horas más tarde advertí que este encantador y sarcástico personaje era uno de los principales agroindustriales del país pero no me incomodó porque, para ese momento, esto importaba poco o nada. Ya habíamos decidido ser amigos.
Visitamos laboratorios y módulos de genética bovina y ovina. Él, buscando oportunidades de negocio; yo, oportunidades de vida. Mil preguntas después, me atrevo a compartirles las tres respuestas que retumbaron más en mi cabeza:
— ¿Por qué lo hiciste? Porque a mis ocho años vi como mi madre fue ofendida por un señor no conforme con la camisa que ella había planchado. Lo hice porque me prometí que nunca jamás alguien volvería a tratarla así. Ese día decidí abandonar la pobreza.
— ¿Sientes que estás atrasado? Sí, por eso aprendí a dividir a la gente en dos grupos. Los que retrasan y los que suman. Trato con los dos, pero les huyo a los primeros.
— ¿Quién te compra? Quien quiera sentirse valorizado. Sea que compre un carro, una camisa o un pedazo de carne, todos queremos comprar lo que pensamos que nos merecemos.
Terminamos el viaje y, al despedirnos, me dijo,
— Seremos socios, en genética.
— No sé si en genética, pero pronto lo seremos.
Estrechamos abrazos y fue allí cuando caí en cuenta que había leído mal, su reloj no era Citizen, era un Cartier y, aunque los dos hacen lo mismo, Eugenio sabía que con ese reloj no estaba vendiendo solamente carne, sino un concepto de calidad y precisión en sus cortes.
Te quiero,
Millán


