¿De qué éxito estamos hablando?
Había llegado el día. Estaba listo para abandonar la carrera y, con esto, mi sueño durante el último año.
No podía caminar. Llegué cómo mejor pude a la haima y me dormí, llorando.
Al amanecer, estaba listo para abandonar la carrera y, con esto, mi sueño. Regalé las raciones de comida de los cuatro días restantes y me quedé con la de ese tercer día.
Sobre la arena, hincado sobre mis rodillas, prepararé mi “desayuno”. Sostenía el jarro de aluminio y, mientras soplaba el café pensando en la derrota, me di cuenta que toda mi vida había definido mal el éxito.
Para mí, era una delgada y profunda línea que marcaba nuestro destino. Si conseguías lo que querías, eras exitoso; si no, y no importa cuánto lo hayas intentado, eras un fracasado.
Claro, con esa definición tan implacable, es normal que muchos no nos atrevamos a ir por algo. Básicamente, ¡Porque a nadie nos gusta fracasar!
Por eso terminamos tomando metas camufladas de éxito, que siempre supimos que las haríamos, desde su propia concepción. Metas de ego, de las que nunca nos dejan fracasar, siempre nos hacen ver como exitosos, pero nunca nos retan.
Entendí que mi definición estaba mal y que éxito tiene que ver con entregarlo todo, con quedarse vacío, porque allí y solo allí, pasar o no “esa” línea pasa a ser secundario.
Al final del día, no se trata de ser exitoso, se trata de quedarse vacío.
Millán


