Apuesta por ser auténtico
Llevábamos semanas planeándolo. Iríamos a la inauguración de la piscina del club más importante de la ciudad. El tío de Miguel trabajaba…
Llevábamos semanas planeándolo. Iríamos a la inauguración de la piscina del club más importante de la ciudad. El tío de Miguel trabajaba como jardinero y sus amigos guardias se harían de la “vista gorda” para dejarnos entrar.
Habíamos ahorrado para el día D y, con pantaloneta y zapatillas nuevas en mano, nos la jugamos. Estábamos adentro, pero no teníamos mucho tiempo. Habíamos resuelto que cada uno haría su mejor interpretación posible como “hijo de socio” para mimetizarse.
Por mi parte, me metí en la piscina y empezar a nadar pero, de repente, mi cuerpo dejó de moverse. No podía mover los brazos, no podía patalear. Ante mi frustación, me hundía con los ojos abiertos, tragando agua porque por mi desesperación por gritar, abrí la boca y no pude volver a cerrarla.
El cuerpo es más sabio y el cerebro es más rápido de lo que creemos. Supe que me quedaban segundos de consciencia y los dediqué a pensar en mi mamá; quizá, como una forma de despedida (…).
Perdí la conciencia. Al despertar, estaba sobre una cama de sol, rodeado de mis amigos, guardias y curiosos. Nadie sabía qué había pasado, menos yo.
Había tenido una de mis crisis epilépticas y mis convulsiones habían ocurrido bajo el agua. Como nadie lo sabía, tuve dos opciones: i) sumarme a la incertidumbre colectiva y contestar “no sé qué me pasó”, o; ii) atreverme a mi realidad y contársela a todo el mundo.
Decidí contarla. Aun a costa del rechazo, decidí ser vulnerable, porque entendí que muchas veces uno no puede controlar cómo se siente, pero siempre podrá elegir cómo actuar. Por eso entendí que entre más gente conociera mi realidad, más probabilidades tendría de sobrevivir ante una crisis, al saber qué hacer y qué no.
Años más tarde, solo me atrevo a invitarte a ser vulnerable, a apostar por tu autenticidad y a ganar siendo más humano.
Te quiero,
Millán


